Con la brisa del alba acariciando nuestras caras
riendo con fuerza pero por lo bajo
la vuelta a casa tras una noche de baile.
Mientras intentamos no tropezarnos con nuestros propios pies
nos zarandeamos chocando el uno contra el otro
y nos contamos las anécdotas de la noche.
El maquillaje corrido y el pelo alborotado
tiritando por el frío, ardiendo entre risas.
De vez en cuando las miradas enfrentadas
y silencio profundo
apenas durando escasos segundos.
Sintiéndonos hogar
la despedida era más dura
pero siempre llegaba.
A punto de hablar los dos, siempre callábamos
por que era mejor ser cobarde que sentirse ridículo.
AmadA
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